Este martes 2 de d iciembre a las 18 se proyectará el film El ritual del alcaucil en el Cine Tita Merello de
la Universidad Nacional de Lanús -29 de Septiembre 3901, Remedios de Escalada-, con entrada libre y
gratuita. Se trata de un documental que explora las tensiones entre la memoria y el olvido en Villa
Corina, un barrio marcado por la presencia de su cementerio y por las huellas silenciosas que dejó la
última Dictadura Cívico-Militar.
Dirigido por la documentalista Ximena González, el film examina cómo ciertos relatos barriales
permanecieron latentes durante décadas, mientras otras memorias —más cotidianas, más “aceptables”—
ocuparon la escena pública. La película fue distinguida con la Mención Especial del Jurado en el
Festival Internacional de Cine Documental de Uruguay y recibió el Premio del Público en el 19° Festival
Internacional de Cine de Derechos Humanos de Argentina.
La actividad es organizada por la Secretaría de Cultura y Comunicación, la Dirección de Políticas
Audiovisuales, el Cine Móvil y el Instituto Cultural de la Provincia de Buenos Aires.

En una entrevista realizada en 2021, la directora explicó que no llegó a la historia: “La historia llegó a mí”,
porque todo lo que muestra la película forma parte de su propia experiencia. “Yo nací, crecí y viví ahí
durante 30 años”, señaló al recordar la “triple frontera” entre Villa Corina, Sarandí y Villa Domínico.
El cementerio, que en el documental funciona como símbolo, también fue su paisaje cotidiano: “La plaza
estaba al lado del cementerio, y las tumbas ahí. Era lo natural”.
A diferencia de sus otros trabajos, donde debió investigar territorios ajenos, González remarca que en
este caso ya conocía profundamente a los vecinos y a sus historias. Eso permitió que surgieran
testimonios íntimos y, en muchos casos, cargados de silencios.Uno de los puntos clave de la película nació de una experiencia personal: mientras estudiaba cine,
González realizó una práctica filmando imágenes del cementerio junto a un compañero cuyo padre había
sido desaparecido. Años después, el Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF) identificó los
restos del padre de ese compañero en una de las fosas comunes del mismo cementerio.
Ese hecho disparó una pregunta central para la directora: ¿cómo es posible que un barrio recuerde con
tanto detalle eventos cotidianos, pero calle hechos históricos traumáticos ocurridos a plena luz del día?
Al indagar, descubrió que no se trataba de olvido sino de una voluntad cotidiana de mantener esos
recuerdos fuera del relato público. Como señala uno de los personajes, Mabel: “Si venís y me contás,
yo te voy a escuchar, pero prefiero no saber”. Ese mecanismo, sostiene González, se repite hoy frente a
otras formas de violencia.
Los testimonios que aparecen en el film no buscan narrar biografías individuales, sino construir una
memoria colectiva. Entre ellos se destaca Mabel, cuya duda permanente —qué vio, qué no vio, qué
eligió no ver— se convierte en un eje central del documental.
“Los personajes son como pinceladas de algo más grande”, explica la directora. Cada uno aporta una
pieza para entender cómo una comunidad entera ordenó sus relatos, cuáles priorizó y cuáles dejó en
silencio.
El título del documental surge de una práctica familiar: comer alcauciles crudos. Una costumbre que
González creía universal hasta que descubrió, al crecer, que no lo era. Ese pequeño rito se convierte en
metáfora: un gesto repetido mecánicamente, naturalizado, que esconde un significado más profundo.
“Me servía para pensar cómo se arman los relatos de las comunidades —explicó—. El olvido también
opera así: una práctica cotidiana que oculta algo que sigue ahí, latente”.




