La industria del calzado atraviesa uno de sus momentos más críticos de las últimas décadas. La combinación de una fuerte caída del consumo interno, el aumento de los costos operativos y la apertura de las importaciones golpea con dureza a un sector históricamente arraigado en el sur del Conurbano bonaerense, donde empresarios y gremialistas coinciden en advertir sobre cierres de fábricas, pérdida de puestos de trabajo y un futuro cada vez más incierto.
La alarma fue encendida por el secretario general de la seccional Avellaneda y Zona Sur de la Unión de Trabajadores de la Industria del Calzado (UTICRA), Daniel Muñoz, quien aseguró que la actividad atraviesa un proceso de retracción sin precedentes.
«La apertura de la importación indiscriminada y subsidiada fomenta el cierre de empresas, dado que muchos empresarios terminan optando por productos de muy bajo costo y sin riesgo empresarial», sostuvo el dirigente gremial.
Sin embargo, Muñoz consideró que el principal problema que enfrenta actualmente la industria no es exclusivamente la competencia externa.
«La crisis actual está más generada por la caída del consumo. Los salarios quedaron estancados mientras aumentaron los servicios esenciales y los combustibles», explicó.
Fábricas cerradas y talleres que desaparecen
Según el relevamiento realizado por la organización sindical, el impacto ya se refleja en toda la cadena productiva del sector.
Muñoz detalló que empresas históricas sufrieron fuertes recortes de personal o directamente cerraron sus puertas. Entre los casos mencionó a Atomik ubicada en Lanús, que cesó sus actividades dejando a unos 80 trabajadores sin empleo, y a Penalty, que llegó a contar con 130 operarios.
También señaló la situación de Jaguar, también de Lanús, una de las firmas más importantes del rubro, que pasó de tener aproximadamente 450 trabajadores a una planta cercana a los 150 empleados.
El panorama es aún más delicado entre los pequeños talleres familiares que durante décadas sostuvieron buena parte de la producción en Lanús, Lomas de Zamora, Avellaneda y otros distritos de la región.
«Han cerrado más de 60 talleres de entre 10 y 15 trabajadores. Además, más de 10 fábricas de hasta 50 empleados bajaron definitivamente sus persianas y muchas otras redujeron hasta un 70 por ciento su personal permanente», afirmó.
Respecto del impacto laboral, el dirigente sindical sostuvo que no existe una cifra definitiva, aunque estimó que solamente en el ámbito de la delegación Avellaneda y Zona Sur ya se perdieron más de 2.500 puestos de trabajo.
«La situación es casi terminal»
El diagnóstico es compartido por los empresarios del sector. Emmanuel Fernández, fundador y propietario de la marca Kioshi Footwear, describió un escenario de extrema gravedad para la actividad.
«Llegamos a tener 120 personas y hoy somos 15. Es terrible. La situación del calzado es casi terminal», afirmó.
La empresa, vinculada históricamente al entramado productivo de Lanús y 9 de Abril, en Esteban Echeverría, debió reducir drásticamente su estructura para sostenerse en un contexto de derrumbe de las ventas.
Fernández explicó que el consumo de calzado en Argentina cayó a niveles históricamente bajos.
«Argentina pasó de vender casi cuatro pares por habitante al año a apenas dos. Estamos en niveles similares a los de Perú y Bolivia», señaló.
Y agregó: «Todos los meses uno piensa que ya no se puede caer más, pero la situación sigue empeorando. La falta de consumo es total».
Uno de los aspectos que más preocupa tanto a empresarios como a trabajadores es el proceso de reconversión que atraviesa parte de la industria.
Según Muñoz, varios fabricantes comenzaron a abandonar la producción local para convertirse en importadores o distribuidores de mercadería extranjera.
«La importación subsidiada no cubre los costos de fabricación. Si además es abierta y sin aranceles, muchos empresarios grandes terminan reconvirtiéndose en distribuidoras sin asumir riesgos productivos», advirtió.
Para los referentes del sector, esta transformación tiene consecuencias directas sobre el entramado industrial del Conurbano. Cada fábrica que reduce producción o deja de fabricar localmente arrastra consigo a decenas de pequeños talleres dedicados a tareas de costura, armado, pegado y terminación de calzado.
Mientras el consumo continúa en retroceso y las fábricas siguen ajustando estructuras para sobrevivir, la preocupación crece en una industria que históricamente fue sinónimo de producción y empleo para gran parte del sur del Conurbano bonaerense.




